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Había una vez un gran
tiburón,
al que todos temían un montón.
Decían que era el más listo y veloz
por eso todos le tenían temor.
Pero había un pececillo con mucho valor
que le hizo frente al tiburón.
El tiburón sonrió y rió
al ver al pececillo marrón.
De repente, una red cayó
atrapando al tiburón,
de la que no pudo escapar
por ser tan grandullón.
En un barco se lo llevo
el marinero Ramón.
El pececillo no pudo salvarle,
pero su voluntad fue inolvidable.
Desde entonces se quedaron en paz
en el fondo del azulado mar,
en el que vivían los pececillos
rodeados de los corales coloridos.
Moraleja: no tiene por qué ser mejor el más grandullón,
sino el que tiene mejor corazón.
La hormiga gigante
Iba un niño caminando
Y un gran bote se cayó
Se hizo mil pedazos
Y el niño no los recogió
Un pedazo de cristal
Encima de una hormiga cayó
Parecía tan grande
Que del susto se desmayó.
Cuando recuperó la memoria
Cientos de hormigas había
Todas alabándola con hojas
Porque más grande parecía.
Solo por ser más grande
Mandaba a las demás,
-¡ir a por comida
rápido y sin tardar!
Reina la consideraban,
Su labor era protegerla
Que no la pasara nada
Y que nadie pudiera cogerla.
Esta es la fábula de la hormiga,
Que se hizo grande por unos instantes
Y cuando dejó de ser gigante,
Ya no llevaba vida galante.
No es mejor quien más
grande sea
Sino quien más grande tenga el corazón.
La gamba que bailaba la samba
Iba la gamba
que bailaba la Samba
y se encontró al tiburón
que bailaba el rock and roll
La gamba bailaba
y la red encontraba
el gato feliz
pues se llevaba un buen botín
Una aleta salía
y el gato no la veía
el tiburón acechó
y al gato asustó
La gamba pensó
y de la red escapó
el gato furioso
como un tigre rugió
El gato no volvió
a esas aguas donde esto ocurrió
y este bien aprendió la lección
que entre dos se gana la función.