Don Quijote de la Mancha
LA LOCURA DE DON QUIJOTE
En un lugar de la Mancha, de cuyo
nombre no quiero acordarme, vivía un hidalgo caballero de los de lanza en
astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Vivía en su casa
con un ama que pasaba de los cuarenta años, una sobrina que no llegaba a
los veinte y un mozo que igual hacía de jardinero que ensillaba el
caballo.
Se llamaba nuestro caballero Don Alonso Quijano.
Era madrugador y amigo de la caza y en los ratos libres leía libros de caballerías. A menudo discutía con el cura del lugar y con maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, ambos grandes amigos suyos, sobre las aventuras de los caballeros más famosos y valientes que habían existido.
Nuestro hidalgo tomó tanto gusto a la lectura de aquellos libros que se pasaba los días y las noches leyendo. Y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro y se volvió loco. No pensaba en otra cosa que en encantamientos,
batallas, amores y disparates imposibles.
Un día, se le ocurrió la
extravagante idea de convertirse él mismo en un caballero andante e ir por todos
los caminos, con sus armas y a caballo, en busca de aventuras, igual que los
héroes de sus lecturas. Limpió unas armas viejas que tenía en el desván y fue a
ver a su rocín y después de pensar y pensar, le puso el nombre de Rocinante.
Luego se puso a buscar un nombre para sí mismo quedándose con Don Quijote de
la Mancha, ya que era de allí.
Ya sólo le faltaba buscar una dama de quien enamorarse, como todo buen caballero. Se acordó entonces de una moza labradora y la nombró señora de sus pensamientos, poniéndole un nombre de princesa, Dulcinea del Toboso, porque ella era natural del Toboso y ese nombre le pareció sonoro y musical.