
Cuando en 1178 Ponferrada pasa a depender de la orden el Temple, por donación de los reyes leoneses, los templarios encuentran una pequeña fortaleza que fue en su origen castro y posteriormente ciudadela romana. Ellos la amplían y mejoran hasta que en 1282 esta ya totalmente acabada y lista para proteger el paso de los peregrinos, al tiempo que servía de palacio y cenobio a los monjes guerreros.A partir de 1312, disuelta ya la Orden del Temple,el castillo pasa de mano en mano, perteneciendo sucesivamente, y entre otros, a la corona de León, a los señores de Lemos y Sarria, a la familia de los Castros, hasta que en 1486 pasa a los Reyes Católicos, que nombran alcaide al Marqués de Villafranca, quien acabará comprándolo en 1558. De todos ellos han quedado huellas en la piedra en forma de escudos y blasones, pero, es sin duda, la de los templarios la más profunda y la que más ha calado en la conciencia popular.
Se sabe que el castillo, cargado ya de historia, se conservaba en perfectas condiciones en tiempos de la ocupación francesa, pues se tiene constancia de que en uno de sus salones los oficiales del Regimiento de Monterrey ofrecieron un baile en honor de las damas ponferradinas.
El 9 de febrero de 1924, y tras casi cincuenta años de negociaciones, el castillo es declarado Monumento Nacional Histórico Artístico. Hoy esta hermosa muestra de la arquitectura militar sorprende por su grandiosidad. Son más de 8.000 metros cuadrados de superficie a los que se accede por el lado sur a través de una hermosa puerta flanqueada por dos torreones rematados de finas almenas. Se cruza luego una segunda puerta de control en forma de barbacana que da paso al patio de armas, donde se alzaron en su día las habitaciones conventuales de los templarios. En la parte izquierda de la plaza de armas se yergue la altiva Torre del Homenaje, en la que se conserva un salmo en latín que reza:
Es la filosofía del Temple, cuya memoria pervive en las piedras del castillo.