Las glosas del Aemilianensis 60, en total más de mil, están escritas en tres lenguas: en latín, en romance y en vasco.

    Las escritas en latín lo están, naturalmente, en un latín que podríamos llamar coloquial, más sencillo que aquél que glosan. Es muy importante tener en cuenta que en muchos casos se trata de un latín sólo aparente, ya que no hace sino disfrazar con ropaje de escritura latina lo que se pronunciaba ya como romance.

    Dos de estas glosas están redactadas en vasco, lo que, unido a la presencia de otros rasgos eusquéricos que se manifiestan en la evolución fonética de varias palabras romances de nuestro documento, revela la condición bilingüe, vascorrománica, del glosador. No debe sorprendernos tal condición, puesto que en aquella época se hablaba euskera en parte de la Rioja, en la zona de San Millán, sin duda. Del uso del vasco en esta región da claro testimonio la topominia riojana actual que incluye nombres de localidades tan claramente éuscaros como Herramélluri, Ezcaray, Ollauri, Zalduendo o Cihuri.Glosa en el margen de la página del códice.

    Pero es evidente que las que más interesan a nuestro propósito son las más de cien glosas inequívocamente romances del manuscrito. (Recuerdo que se entiende por romance 'una lengua derivada del latín'.) En unos casos consisten en palabras simples ( trastorné; uerterán; seignale ... ), en otros constituyen frases sintácticamente ensambladas ( nos non kaigamus; qui dat a los misquinos ... ) que, esporádicamente, se alargan, para nuestro gozo, de manera inusual.

    Como fácilmente puede deducirse, el valor histórico y lingüístico de las Glosas Emilianenses es altísimo, incuantificable. Hoy por hoy, suponen un tesoro único de la Filología, por albergar nada menos que el primer testimonio escrito de una lengua romance peninsular y el primer testimonio escrito del vascuence: las primeras palabras y frases vascas y, sobre todo, las primeras palabras y frases del conjunto de dialectos provenientes del latín hispano.

    Sinteticemos lo analizado hasta ahora. Se entiende por Glosas Emilianenses las anotaciones que en latín, en romance y en vasco alguien escribió en el siglo XI en el Monasterio riojano de San Millán de la Cogolla entre líneas o al margen de algunos pasajes del códice latino Aemilianensis 60 ( depositado hoy en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia ) con el posible propósito principal de resolver las dificultades de comprensión lingüística que el texto latino en cuestión le presentaba. Por haberse escrito aquí, a La Rioja se la sobrenombra "Cuna del Castellano".

    Ya podemos volver al principio, a la "cuna", para explicar dos cuestiones que tuvimos que dejar pendientes.

    Primera cuestión.- ¿Señalan las Glosas Emilianenses el nacimiento en ellas, justo en ese preciso momento, del romance? Evidentemente, no. Una lengua no nace como las personas, en un momento exacto y en lugar determinado que pueda certificarse sin dificultad. Cuando aparecen las primeras manifestaciones escritas de una lengua, detrás hay siempre una dilatada existencia en forma oral. El proceso es extraordinariamente lento, aunque constante e inexorable.

    Puestos a buscar semejanzas antropomórficas, este proceso se parece mucho más al del desarrollo biológico natural de las personas que a su nacimiento. Como convivimos diariamente con nuestros hijos, no nos damos cuenta de que van creciendo, de que poco a poco, pero inevitablemente, van dejando de ser niños; hasta que un día reparamos en que nos superan en estatura, en corpulencia, en el número de calzado y en la talla de la ropa. Como todos los días nos miramos en el espejo, no percibimos los cambios paulatinos, pero inexorables, que el tiempo nos inflige inmisericorde; hasta que un mal día topamos con una fotografía de veinte años atrás que no refleja los estragos que ahora sí advertimos en el maldito espejito que se niega a decirnos ya que no hay nadie en el mundo más guapo que nosotros.

    Pues bien, con las lenguas en general y con el romance en particular, ocurre lo mismo. Los cambios se van introduciendo poco a poco, a lo largo de muchos años, a lo largo de siglos incluso; por eso, apenas son perceptibles para las generaciones contiguas, pero sí muy nítidos para las alejadas; tanto que,  como ocurrió con el latín hispano en nuestra península, éstas ya no entendían el sistema lingüístico que se hablaba siglos antes; es decir, este sistema había variado ya tanto que se había convertido en otra lengua. Pero ¿cuándo?, ¿en qué momento? y ¿en qué lugar? Son preguntas que no pueden tener respuesta precisa, como no la pueden tener cuándo deja exactamente un niño de serlo o cuándo exactamente una persona comienza a ser adulta o anciana.

    Las Glosas Emilianenses, pues, no indican el momento ni el lugar exactos en que comienza a existir, a "nacer", el romance, de la misma manera que nuestros hijos no dejan de ser niños el día en que nosotros advertimos que ya no son los pequeñuelos de antes, ni nosotros comenzamos a ser "maduritos" justo cuando reparamos en la calvicie ya nada incipiente, en la arruga que ya "no ofrece duda" o en el contraste del cotejo con esa indiscreta, grosera y cruel fotografía con la que, malhadadamente, acabamos de tropezar.

    Las Glosas Emilianenses, lo que no es poco, dan fe de que antes del siglo XI ya se hablaba romance en la Península Ibérica, con toda seguridad, y, hoy por hoy, son la primera cuna conocida de cualquier hijo del latín hispano. Nada más, pero ¡nada menos!, mucho más que serlo únicamente de uno solo de sus vástagos.Continúa

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